Lya Guilliem, Maleni Romero y Jimena German

…la gran masa sobrevive en la calle en un tejido social gigante y desobediente. Ni una sola de las medidas copiadas se ajusta a nuestras condiciones reales de vida, no solo por las deudas, sino por la vida misma. Todas y cada una de esas medidas copiadas de economías que nada tienen que ver con la nuestra, no nos protegen del contagio, sino que nos pretenden privar de formas de subsistencia que son la vida misma.

María Galindo Neder.

Las condiciones generadas por una emergencia sanitaria están facilitando una merma en la garantía de derechos laborales y culturales para el gremio artístico y, dentro de éste, para aquellos sectores marginales. Las mujeres y el Flamenco en México forman parte de esa marginalidad. De manera más específica, las artistas flamencas mexicanas representan un estrato particularmente vulnerable en un contexto de pauperización social, económica, laboral y cultural no sólo generalizada, sino intensificada si tomamos en cuenta las ya carentes políticas culturales ahora acompañadas de una crisis global. 

En los artículos 23 y 25 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, se plasma el derecho de toda persona a gozar de una vida laboral digna en términos de libre elección, equidad y prestaciones sociales. Por su lado, los derechos culturales, manifiestan que toda persona tiene derecho a contribuir y participar en la vida cultural a través de la educación y la información; a conocer formas de expresión y difusión por cualquier medio; a seguir un estilo de vida asociado al uso de bienes culturales […] y a beneficiarse del patrimonio cultural y de las creaciones de otros individuos y comunidades.

Pero la realidad de México nos muestra que garantizar el acceso a la cultura y el ejercicio creativo vinculado a la misma, no es proporcional a la posibilidad de percibir ingresos que garanticen la vida digna para profesionales de las artes, y específicamente del sector especializado en flamenco, que es el que personal y directamente nos concierne. Por el contrario, encontramos ante el aumento de trabajo cultural no remunerado en plataformas digitales, bajo la engañosa noción de “democratización de la cultura” a modo de eufemismo.

En estos meses muchas mujeres no sólo nos hemos visto obligadas a volver al ámbito doméstico, sino a amalgamar éste con los ámbitos académico, recreativo, social y laboral, suprimiendo todo espacio “ganado” a favor de una emancipación sistemática en la esfera pública. El hogar se torna, pues, en una cerca física y simbólica que pone en especial amenaza las libertades y colectividades que ya se venían configurando entre y para las mujeres, en tanto que facilita la normalización, nuevamente, de una existencia limitada y supeditada en el mejor de los casos, y riesgosa y violenta en el peor de ellos. 

No hace falta un análisis muy profundo para darse cuenta de que el estado de cuarentena ha aumentado considerablemente el consumo cultural ante una sobreoferta internacional. Se promueve lo que ya se tenía en custodia; se difunde contenido reciclado, infalible; y parece un alivio notar que el internet permita que cada vez más puedan llegar a más gente. Pero ese nivel de acceso también debe ser problematizado: ese consumo ha aumentado, en buena parte, de forma gratuita y generalmente reducido a la categoría de entretenimiento. Ante eso, cabe preguntarse si queremos cultura “para entretener”; si las actividades culturales deberían o no acoplarse al modo-coronavirus; si dicho modo puede cubrir la esencia de disciplinas como la danza o el teatro a través de una pantalla; si debemos crear para expresar lo que incomoda aunque no entretenga, y con ello exigir, más que nunca, una justa valoración del sector que cubre esas demandas.

 Aunado a esto, la demanda del arte flamenco se concentra, sobre todo, en la búsqueda de espectáculos con baile, el cual es practicado mayoritariamente por mujeres: somos nosotras quienes lideramos una buena parte de la programación, empleando no sólo a otras compañeras, sino a hombres artistas, músicos, intérpretes, técnicos y gestores culturales. A ello hay que sumarle la labor femenina en espacios públicos y privados de docencia teórico-práctica; así como la investigación, creación y dirección de producciones sujetas, casi siempre, a honorarios.

La comunidad artística en México es un sector mayoritariamente independiente, autoempleado y sujeto, sin pandemia alguna de por medio, a una demanda fluctuante. El artista flamenco es el freelance por excelencia, y la pertinencia de las políticas estatales frente a la emergencia sanitaria puede evaluarse en la medida en que garanticen un nivel de vida adecuado para las y los ciudadanos que mantienen nuestra “cultura viva”, así como para las familias, espacios e instituciones que dependen de ellas.

Pensar el confinamiento como medida inevitable para “salvaguardar” nuestra salud es tomar un camino fácil. Creemos en la necesidad de problematizar sus efectos: de reflexionar sobre el impacto que el aislamiento tendrá en nuestras vidas individuales y colectivas como mujeres, como artistas, como flamencas, como mexicanas y, en muchos casos, como madres. Testificamos que nuestro emplazamiento en sociedades como la mexicana, nos exige mantener conciencia de que las estructuras patriarcales desvalorizan nuestro rol económico, reduciendo o anulando nuestra individualidad como seres creadores más allá de un sentido biológico, y obstaculizando horizontes de equidad. Bajo confinamiento, la violencia física, psicológica y, en cualquiera de ambos casos, sistemática, quedan facilitadas.

Consideramos urgente retomar iniciativas colectivas que amplíen nuestras posibilidades y herramientas y vuelvan a poner en el centro de la conversación la cohesión de nuestra comunidad artística, integrada principalmente por mujeres, pero desvinculada y fragmentada por diversos motivos que atañen a cualquier género. Por eso nos unimos a las propuestas que surgen de la comunidad dancística mexicana en el contexto de la pandemia y crisis actual y dentro del marco del Congreso Nacional de Danza, además de que proponemos retomar aquella iniciativa que derivó del 1er Coloquio Flamenco llevado a cabo en 2014, y en el cual estuvimos presentes, para unirnos y reemprender una búsqueda de beneficios comunes, impulso y fortalecimiento del gremio, siempre sobre la base de la colaboración solidaria.

La actividad virtual que exige nuestro confinamiento vuelve a desarticularnos no sólo por la separación física para la transmisión, enseñanza y procesos creativos, sino por las propias dinámicas de “mercado” en tanto que adaptarse cuando los consumidores culturales (léase alumnos y/o espectadores) están ahora a un alcance independiente de cualquier condición geográfica, implica sumarse a una competencia internacional (en el caso del flamenco, con Andalucía como región capital). Nuestra labor creativa y corporal, que en principio pretende ser emancipatoria, se encuentra más que nunca cercada y reducida por el mismo sistema patriarcal que la condiciona. Dentro de la precariedad económica que nuestro quehacer supone, exigimos la urgencia de reflexionar en torno al cuerpo y sus implicaciones: de asumirnos como sujetos antes que como objetos en el marco de la actual coyuntura.

Finalmente, no podemos dejar de mencionar la particular condición de tantas madres artistas en estos meses. Si la mujer, el hogar y el cuerpo han sido tres conceptos en interminable diálogo, es momento de redirigir la conversación. Nuestro cuerpo es materia y espacio de trabajo. No es sólo un virus lo que pone en riesgo a nuestros cuerpos danzantes: es la suspensión de nuestra colectividad y del camino recorrido en la búsqueda de creaciones bajo términos de completa libertad.


Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.